El boom económico y mediático brasileño esconde los mismos pendientes que tienen a México atado a un crecimiento débil.
Por:Los editores
El 2009 fue el año de Brasil: se quedó con la sede de los Juegos Olímpicos de 2016 y con la Copa Mundial de Futbol en 2014. Arrebató inversiones a todos sus vecinos latinoamericanos y no dejó de vender ni un solo real en medio de la crisis financiera internacional a su cliente más querido y demandante: China.
No hubo revista de negocios, información general de EU, México o Latinoamérica que no le haya dedicado un extenso espacio al gigante sudamericano.
Las comparaciones muchas veces son necesarias, pero siempre son odiosas.
Por eso en la redacción nos animamos a dudar y preferimos, antes de reproducir textos o análisis enlatados, ver en vivo y en directo lo que realmente está pasando en Brasil y qué engranajes mueven esa enorme maquinaria de consumo y producción.
No es lo mismo analizar largos informes macroeconómicos que protagonizar una tormenta en la cada vez más sexy São Paulo, donde el 8 de diciembre murieron seis personas a causa de la falta de infraestructura básica en la nueva capital de Latinoamérica.
Puede quedar como un discurso regado de envidias, pero lo cierto es que, hoy por hoy, Brasil es un modelo de éxito, que no representa un modelo estratégico para copiar y replicar en México, por ejemplo.
Uno de los factores que hicieron despegar a Brasil fue su relación directa y en creciente aumento con China. Mientras aquí comimos del veneno de tener una dependencia absoluta de Estados Unidos, el carismático presidente Luis Inácio Lula da Silva buscó un socio más boyante y el resultado fue una salida a flote de la crisis más veloz que cualquier vecino de la región.
“Hasta ahora México ha jugado una posición defensiva ante el país asiático. Si bien éste es el competidor más cercano del país, es necesario ver la otra cara de la moneda: China se perfila para ser el líder económico mundial. No contemplar a China como un socio comercial estratégico es equivalente a darnos un balazo en el pie”, reza en el último informe del Instituto Mexicano para la Competitividad que dirige Roberto Newell, uno de los pocos economistas que se animó a cuestionar el éxito brasileño.
“Me llama la atención que el enorme crecimiento de Brasil no se haya traducido en una reducción de sus niveles de pobreza”, comentó hace poco Alejandro Soberón, fundador de CIE y con operaciones en ese país.
A su favor Brasil tiene mucho liderazgo político y un modelo, un proyecto de país de largo plazo (para los estándares mexicanos) que comenzó con la presidencia de Fernando Cardoso, quien marcó una senda de dos periodos presidenciales que siguió a pie juntillas el siguiente presidente de la oposición, Lula da Silva. Así, el plan para Brasil lleva casi 16 años de continuidad.
También tiene una Bolsa muy activa que tiene más movimiento que la propia Bolsa de Londres.
Pero Petrobras, el gran acierto de participación privada en la exploración petrolera, y que colocó a Brasil en el concierto de los grandes productores mundiales, ahora parece estar tomando un curso diferente: el presidente Lula quiere crear un nuevo marco regulatorio (con más poder para el Estado y menos para las petroleras foráneas) para los ricos pozos descubiertos en los últimos dos años.
Brasil ya es indiscutiblemente la primera potencia latinoamericana, pero con muchos pendientes que no se ven en los informes de las calificadoras y sus estrellas BRIC: inseguridad, pobreza, falta de inversión en educación, salud e infraestructura.
De estar peleando cabeza a cabeza, hoy México está observando cómo Brasil atrae inversiones, seduce a los analistas, baila a ritmo samba con los grandes de la economía mundial.
Pero lo que le funcionó a Brasil no tiene por qué ser un modelo para México. “No nos une el amor, sino el espanto”, diría Jorge Luis Borges.
México y Brasil tienen en común una larga lista de asignaturas de fondo pendientes, más allá de la suerte del socio comercial de turno.

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